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Construir un EQUIPO (I): La Confianza

                  La confianza es el fundamento del trabajo en un equipo cohesionado y que funciona. Sin ella, el trabajo en equipo como tal es muy difícil; se trata de un componente crucial, quizás el más decisivo y sobre el que se construye todo lo demás. Sin confianza los jugadores desperdician una cantidad enorme de energía y tiempo controlando su conducta y sus interacciones dentro del grupo.

 A la hora de hablar de la construcción de un equipo nos encontramos en ocasiones con algunas barreras y dificultades. A la hora de hablar de la construcción de un equipo, en muchas ocasiones, nos encontramos con algunas barreras y dificultades.

 Todo lo que rodea a un jugador y todos los intereses que van asociados a nuestra práctica y contexto deportivo, enfatizan y valoran sobre todo los éxitos individuales (prensa, agentes, padres, sociedad…) y en pocas ocasiones se interesan o preocupan por el estado del equipo, por el proceso de construcción de un grupo exitoso. Esa presión del entorno hacia el jugador o miembros del cuerpo técnico, les lleva en ocasiones a proteger su estatus y poner excusas en el camino para no dar este paso de gigante de volverse “vulnerable” a los demás.

En este contexto, la confianza se refiere a la seguridad que tienen los jugadores de que las intenciones de sus compañeros son buenas y de que no hay razones para ser protector o cauto en el seno del grupo. Los compañeros de un equipo deben sentirse cómodos siendo vulnerables unos con otros. Deben de tener la seguridad de que sus respectivas flaquezas (debilidades, deficiencias de capacidad en algunos ámbitos , errores, peticiones de ayuda…) no serán utilizadas contra ellos.

El trabajo en equipo empieza por la construcción de la confianza, y el único modo de conseguirlo es superar la necesidad de invulnerabilidad producida por la ausencia de confianza.

 Debemos mostrarnos vulnerables, exhibiendo abiertamente nuestras fortalezas  y nuestras debilidades respecto a cómo contribuimos al éxito o al fracaso del equipo. No debemos tener temor a ser vulnerables ni tampoco a la necesidad de confianza.  Aquellos que no estén dispuestos a abrirse ante los otros para aceptar errores y debilidades imposibilitan la construcción de cimientos de confianza en el equipo.

 Alcanzar una confianza fundada en la vulnerabilidad no es fácil, porque aprendemos a ser competitivos con nuestros compañeros y a proteger nuestra reputación; controlar estos instintos aprendidos por el bien del equipo supondrá un desafío para cualquier equipo. El coste de fracasar en este sentido es muy elevado. Los equipos con jugadores que no tienen verdadera confianza los unos en los otros son reticentes a la hora de asumir riesgos, a la hora de pedir u ofrecer ayuda; su moral suele ser muy baja y las renuncias o cambios de jugadores son comunes.

 Este valor de equipo no se construye de la noche a la mañana: requiere compartir experiencias, un seguimiento constante, credibilidad y una comprensión y aceptación profundas de los atributos únicos de cada miembro del equipo. Si no confiamos en el compañero de viaje, no podremos llegar a ser la clase de equipo que finalmente consigue sus objetivos y obtiene buenos resultados.

 Como entrenadores y líderes tenemos el desafío de guiar a nuestro equipo para conseguir este nivel de confianza y de ausencia de invulnerabilidad, y para eso debemos demostrar primero nuestra propia vulnerabilidad, rectificando, reconociendo errores, mostrando humanidad, ayudando a aquel que lo necesite, mostrando preocupación por las personas que sostienen a cada uno de los miembros del equipo. Esto supone, en ocasiones, el riesgo de perder la cara ante el equipo. Debemos crear un ambiente donde no se castigue la vulnerabilidad por admitir debilidades, errores o fracasos. Esa demostración de debilidad debe ser genuina por parte del líder -esto no se puede fingir- pues uno de los mejores modos de perder la confianza de un equipo es fingir ser vulnerable para manipular las emociones de los otros.

 En equipos sin confianza surgen problemas de moral, esfuerzo e ineficacia, que suponen una barrera más a la hora de crecer como equipo; el temor al conflicto fomenta una sensación de armonía artificial. Todo equipo eficaz mantiene un nivel alto de debate y conflicto; en equipos donde reina la confianza se discute desde el respeto, no hay temor al conflicto, existe una fé ciega en que las intenciones del otro son positivas hacia el colectivo. Por el contrario,  no estar de acuerdo en la mayoría de las cosas y sin embargo no estar dispuesto a aceptar que se está preocupado es un problema de confianza, entre otras cosas.

 Cuando los jugadores no tienen confianza los unos en los otros se ocultan mutuamente debilidades y errores, vacilan antes de pedir ayuda o compartir impresiones constructivas,  prejuzgan y llegan a conclusiones acerca de intenciones o aptitudes ajenas sin tratar de aclararlas; no reconocen ni examinan conjuntamente las capacidades y experiencias, pierden tiempo y energía controlando su conducta para causar un determinado efecto, ocultan resentimientos y buscan excusas para no pasar tiempo juntos.

 “Estoy presionando en defensa a mi atacante, me desborda y anota con facilidad, algo ha pasado con la primera ayuda, ¿quién ha sido el culpable? …bah siempre despistados (prejuicio); voy a callarme para no tener un conflicto ni crear mal rollo (se ocultan resentimientos) pero en la próxima ocasión no presiono, defiendo su penetración (se ocultan debilidades o errores, no se exponen).

 Cuando un equipo es solidario en defensa y se compromete a dar el máximo esfuerzo colectivo e individual, todos los jugadores están convencidos de lo que hacen y para qué lo hacen y no se sienten obligados ni amenazados; no hay dudas, solo convicción y responsabilidad individual. Un equipo que pretenda mantener un nivel de concentración alto en el juego, sin espacio para la duda, evita el prejuicio hacia acciones de sus compañeros o hacia resentimientos guardados. Esta clase de equipos tiene confianza y ha perdido el temor a la vulnerabilidad, dentro y fuera de la cancha, pero sobre todo en la pista:

Como jugador, sentirme vulnerable a cometer un error en la defensa de un bloqueo directo no me genera resentimiento ni temor porque confío en la respuesta del equipo, de mis compañeros, que conocen la norma, están convencidos y lo hemos entrenado juntos; ellos estarán ahí para corregir esa posible dificultad o ese error que pueda llegar a cometer y mi nivel de esfuerzo, compromiso y fé en lo que hacemos seguirá creciendo. No me desconectaré. El poder del equipo y la confianza en el trabajo de cada uno de nosotros aumentará mi responsabilidad.

 Con estos ingredientes, el extrapass en ataque aparecerá con más asiduidad. El equipo tendrá una base sólida en la que crecer a todos los niveles; podrán aflorar conflictos y no habrá temor, pues seguirá en el camino de buscar soluciones para mejorar como grupo.

 Depende ahora de nosotros encauzar esta confianza a través  de nuestro liderazgo y de nuestra labor como entrenadores, a la hora de programar tareas significativas, tener una buena planificación y acertar con nuestras decisiones.

Responsabilidad individual, confianza y metas comunes

En el baloncesto, al igual que ocurre en cualquier grupo de trabajo, los premios y reconocimientos individuales llevan implícita una carga de desconsideración hacia los valores de equipo y trabajo colectivo que, como entrenadores, debemos de saber o intentar gestionar.

Sin tus compañeros de viaje, de batallas, sólo serías alguien que lo intenta; ellos engrandecen tu esfuerzo y tú el de ellos. Obviar esto, o no llegar nunca a sentirlo, es quedarse en el primer peldaño de una gran escalera. Todos somos importantes y protagonistas. Subir todos juntos esa escalera es el único camino para la búsqueda de los máximos como grupo.

Si realmente deseamos alcanzar una meta, si hay una verdadera misión común, encontraremos la forma; si dudamos encontraremos la excusa.

En equipos fuertes, nadie se refugia en el colectivo; todos son importantes y protagonistas, con una enorme máxima: “RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL”. Sin esta responsabilidad individual verdadera, los grupos ante dificultades flaquean, dudan, pierden energía y los individuos se protegen del fracaso. Cuando eso sucede, el grupo se deshace, fracasa. Ninguno debe refugiarse en el grupo a la hora de asumir responsabilidades, pues de esta forma no está al nivel que necesita el equipo o que el equipo espera de él.

Para conseguir esa necesaria “responsabilidad individual”, es preciso que cada miembro esté comprometido con las metas comunes, sepa realmente cuales son sus funciones y sus objetivos para alcanzar dichas metas y, además, conozca las expectativas que el equipo crea para cada uno de los miembros que lo forman, es aquí donde nosotros como líderes del colectivo debemos de realizar  una de las tareas más importantes, enfocar a cada uno en su camino. De esta manera, asumiendo esa responsabilidad individual con mi cometido y actuando en consecuencia, estoy empujando y contagiando al resto en esa línea de actuación, y puedo presionar y exigir un mismo nivel de trabajo y compromiso. Es en este momento cuando la CONFIANZA es clave, en el sentido de llegar al punto de reconocer que cuando un miembro del grupo te presiona y exige, lo está haciendo porque se preocupa por el equipo. Alcanzar este nivel de madurez grupal no es sencillo.

La confianza es uno de los fundamentos del trabajo en grupo. Es quizás un componente crucial -sino el más decisivo- en la construcción de un equipo.

En ocasiones, como entrenadores y líderes del grupo, tenemos dificultades a la hora de responsabilizar a algunos jugadores o miembros del cuerpo técnico de determinados hechos y funciones, o bien porque son personas muy colaboradoras o bien porque podemos llegar a sentirnos intimidados por su agresividad social o por la importancia de su rol dentro del grupo. No es sencillo exigir responsabilidades; el primer paso para lograrlo es que nosotros como líderes y entrenadores seamos muy responsables con nuestra parte del trabajo y asumamos con humildad y naturalidad nuestros éxitos, y también con humildad y autocrítica nuestros errores o pequeños fracasos.

El PODER DEL GRUPO no se cuantifica, es ILIMITADO.

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