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Construir un Equipo (IV): “Asumir responsabilidades”.

            Cuando no existen el compromiso y la aceptación de las normas, ya sea por falta de confianza, por falta de claridad, por un mal liderazgo o por motivos extradeportivos; los miembros de un equipo desarrollan una evasión de responsabilidades, sin comprometerse con un plan de acción claro. Sin ese compromiso, el equipo comienza a delegar y a posponer, y la mayor parte de la responsabilidad termina recayendo en el entrenador y en las figuras fuertes del equipo.
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La esencia de esta disfunción es la falta de disposición de los jugadores a tolerar la incomodidad interpersonal que implica pedir cuentas a un compañero sobre su conducta y la tendencia general a evitar situaciones incómodas y difíciles, pero necesarias. Incluso los jugadores más centrados y entusiastas suelen dudar antes de llamar la atención a otros compañeros sobre acciones y conductas que parecen contraproducentes para el bien del equipo, de exigirles responsabilidades, sobre todo en lo concerniente a normas del juego y aspectos de esfuerzo y atención.

En los grandes equipos se superan estas inclinaciones naturales y se prefiere entrar en zona de peligro interpersonal para mantener o elevar el nivel de exigencia. Por el contrario, cuando el equipo llega a esta fase de madurez colectiva en la que existe una confianza verdadera y real entre los jugadores (tras haberse mostrado vulnerables entre ellos), y en la que no hay temor al conflicto y sí un compromiso genuino, entonces aparece lo que algunos llaman la autogestión. Son los propios miembros del grupo los que ejercen una presión, directa o indirecta, sobre cada uno de sus compañeros para realizar las tareas y responder a las demandas del juego y del proceso con unos niveles máximos de excelencia y exigencia.

En ocasiones un entorno desinformado (opinión pública, prensa, directivos…) genera confusión y, de forma atrevida y dañina, cataloga estas actitudes de presión y de conflicto sano como de “mal ambiente” y de “falta de control del vestuario”.

En el contexto del trabajo en equipo, el sentido de la responsabilidad colectiva se refiere específicamente a la disposición de sus miembros a pedir cuentas a sus compañeros sobre desempeños y conductas que pueden perjudicar al equipo. Llegar a este punto resulta complicado, incluso en equipos cohesionados con fuertes relaciones personales, pues existe el temor de perjudicar una valiosa relación personal. Irónicamente, esto solo hace que la relación se deteriore, ya que surgen resentimientos por no estar a la altura de las expectativas y por permitir que se erosionen los estándares del grupo.

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Los jugadores de equipos excelentes (y no me refiero únicamente a los que ganan títulos, sino a los que tienen un espíritu de equipo “campeón”) mejoran sus relaciones haciéndose responsables mutuamente y demostrando así que se representan unos a otros y tienen altas expectativas por el desempeño de cada uno.

Por políticamente incorrecto que parezca, el medio más eficaz y eficiente de mantener altos estándares de desempeño de un equipo es la presión de los compañeros. Uno de los beneficios es la reducción de la necesidad de excesiva burocracia y dirección por parte del entrenador en la gestión del equipo y la corrección de las acciones. Llegados a este punto, el entrenador o líder del equipo ya ha hecho prácticamente su trabajo: ha logrado un equipo cohesionado, comprometido, con confianza y sin miedo al conflicto y la vulnerabilidad. Ahora es el grupo el que debe de autoexigirse.

Más que cualquier otra medida o sistema, el jugador se motiva para mejorar su desempeño si teme decepcionar a unos compañeros de equipo a los que respeta.

Una vez que logramos claridad y aceptamos el coste individual y colectivo que precisa el logro de nuestras metas, debemos responsabilizarnos cada uno de lo que aceptamos hacer, obligarnos unos a otros a altos estándares de rendimiento y conducta. Y aunque parece sencillo, la mayor parte de los jugadores y entrenadores detestamos hacerlo, especialmente cuando se trata de la conducta de sus compañeros, pues prefieren evitar conflictos personales.

Para un jugador puede resultar arriesgado decir lo que piensa a un entrenador sobre un asunto complicado, pero lo es todavía más con los compañeros. La igualdad entre compañeros de equipo es uno de los problemas que complica la responsabilidad. Los miembros del equipo no se van a responsabilizar mutuamente si no han aceptado claramente un mismo plan.

Nuestra capacidad para entregarnos y discutir sin frenos acerca de lo que queremos hacer para tener éxito va a determinar nuestro futuro, tanto como cualquier partido que juguemos o defensa que realicemos.

Los entrenadores que queremos inculcar la exigencia de responsabilidades en un equipo tenemos por delante un gran desafío. Debemos apostar, conseguir y permitir que el equipo sirva y actúe como un mecanismo de exigencia a la hora de pedir cuentas y responsabilidades. Eso no es sencillo, pero deberíamos dirigirnos hacia ese modelo, pasando antes por otras faces de construcción de equipo. A veces los entrenadores autoritarios o excesivamente directivos crean naturalmente un vacío de responsabilidades en el equipo y nos convertimos en la única fuente de disciplina; esto genera un ambiente en el que los miembros del equipo suponen que el entrenador esta exigiendo responsabilidad a cada uno de sus compañeros, por eso son reticentes a actuar, dejándose ir, incluso cuando ven que algo no está bien.

Cada jugador, cada miembro del equipo, debe de tener claros cuales son los mínimos de conducta dentro de la cancha y  dentro del ecosistema  o contexto del grupo. A partir de esos mínimos marcaremos las funciones para cada uno de ellos, funciones claras y aceptadas, que son necesarias para conseguir las metas y los objetivos colectivos a los que nos hemos comprometido y son nuestra guía.

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Una vez que el entrenador ha creado la cultura de pedir responsabilidades en un equipo, debe estar dispuesto a ser el árbitro final si el equipo falla. Nosotros somos los que controlamos el proceso, y en definitiva los máximos responsables de cara al exterior. Debe quedar claro que no se ha delegado la responsabilidad, sino que se trata de una responsabilidad compartida, y que el entrenador no vacilará si es preciso intervenir. Estamos en una fase de madurez en la construcción de un equipo, a la que pocas veces se logra llegar. En muchas ocasiones una sóla temporada no llega a ser suficiente para alcanzar este nivel.

Una ausencia de responsabilidad mutua constituye una invitación a que los miembros del equipo desplacen su atención a áreas diferentes del rendimiento. La excusa será habitual en el día a día y el nivel de exigencia irá decayendo poco a poco.

Debemos ser directos y claros a la hora de comunicar las metas y las funciones o estándares de conducta, del equipo en su conjunto y de cada miembro del grupo. Una buena forma de facilitar que los miembros de un equipo se pidan cuentas mutuamente es aclarar públicamente lo que se necesita lograr, quién tiene que cumplir qué y cómo debe comportarse cada uno para tener éxito. El enemigo de rendir cuentas es la ambigüedad, e incluso si un equipo se ha comprometido inicialmente con un plan o con un conjunto de estándares de conducta o acciones de juego, es importante mantener el carácter público de estos acuerdos para que nadie los ignore con facilidad.

El trabajo de análisis y evaluación post-partido o post-microciclo se antoja fundamental. Aportar un feedback continuo y específico a través de revisiones regulares del progreso del equipo en su rendimiento, en las que comentamos como se esta llevando a cabo la consecución de las metas y cual es el comportamiento de cada jugador hacia ellas, nos ayudará mucho en la construcción del grupo. Estamos generando la estructura para que este proceso de retroalimentación tenga lugar. De esta manera, poco a poco se desplazan las recompensas del rendimiento individual por las de logro colectivo, fomentando así una “cultura de pedir responsabilidades”. En este contexto, es poco probable que el equipo tolere un fracaso derivado de una falta de compromiso o esfuerzo. No lo permitirían.

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