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Construir un EQUIPO (II): “Afrontar los conflictos sin temor”.

               Llegados a este punto debemos señalar de nuevo que nunca nos encontraremos con una situación ideal. Cada jugador es una persona diferente, con un pasado, con unas experiencias previas y otros entrenadores, con una educación y una cultura deportiva que debe adaptarse al contexto que queremos para nuestro equipo. Lo ideal, irónicamente hablando, sería que cada jugador y miembro del equipo tuviese un código de barras con el que en pocos segundos pudiéramos conocer sus experiencias previas, sus frustraciones, sus éxitos y fracasos anteriores, su capacidad de trabajo, su nivel de autoestima y autoconfianza, su inteligencia emocional, su capacidad de adaptación…pero eso no es posible. Lo que sí es posible es que nosotros, con nuestras habilidades como entrenadores, sepamos sacar lo mejor de cada uno de ellos dentro de nuestro grupo de trabajo.

En el ámbito del baloncesto profesional, alcanzar ese nivel de confianza dentro del equipo es un reto. Pensemos que en muchas ocasiones partimos de una situación inicial de desconfianza o de “expectativa”. Para poder adaptarnos mejor a cada situación que pueda ir surgiendo es preciso aceptar las reglas del juego o los condicionantes del contexto en el que nos movemos. Al jugador y al entrenador le rodean muchos intereses que ellos mismos se han creado; intereses que empujan al individuo a defender su estatus y su prestigio personal, a valorar lo individual dentro de un deporte colectivo. Se trata de pensamientos disruptivos como: “si no meto puntos me van a echar del equipo”, “el entrenador no está contento conmigo, cada vez juego menos y no sé por qué, seguramente esté fuera del equipo en las próximas semanas”, “no puedo lesionarme, el año pasado otro compañero se lesionó y le rescindieron el contrato, no confío en que cumplan su compromiso”, “mi agente me acaba de decir que el entrenador no está contento conmigo, ¿por qué no me lo dice a mí?, ¿por qué no me dice lo que tengo que hacer?”…

Con todo esto, parece que tendremos mucho trabajo por delante para poder llegar a ese nivel de confianza necesario que nos permita alcanzar el máximo potencial como equipo.

Si no confiamos los unos en los otros nunca entablaremos conflictos, y seguiremos fomentando una sensación de armonía artificial. Debemos diferenciar entre tensiones internas, comentarios pasivos y sarcásticos y conflictos constructivos. Recordemos que los jugadores deben sentirse cómodos siendo vulnerables unos con otros para dejar de actuar deshonestamente por estrategia o por mantener cuotas de poder dentro del grupo; las exigencias del ego afloran en equipos con un nivel bajo de confianza, con jugadores que malgastan energía y tiempo controlando su conducta y sus interacciones con los demás, dentro y fuera de la cancha, buscando la autoprotección.

El problema es la falta de conflicto; la armonía será auténtica si es el resultado de trabajar los problemas y de resolver los conflictos de forma conjunta; pero si esa armonía sólo proviene de la represión de las opiniones e inquietudes por temor a estar expuesto y ser vulnerable, entonces estaremos en un camino poco aconsejable: no hay confianza y habrá temor al conflicto.

Hay que salir de esa falsa armonía y discutir eficientemente sobre el problema, para poder salir de él sin daños colaterales. En muchas ocasiones, en la falsa armonía, surgen frustraciones bajo la forma de comentarios sutiles o críticas,y otras veces eso no sucede, se mantienen controladas pero permanecen.

Todas las grandes relaciones que perduran en el tiempo requieren conflictos productivos para crecer. En la mayoría de las ocasiones, lamentablemente, el conflicto se trata como un tabú; gastamos mucho tiempo y energía tratando de evitar esos conflictos y, sin embargo, son esenciales en todo gran equipo.

Es preciso distinguir entre conflicto productivo y lucha destructiva y personal por el poder o el mantenimiento del estatus y la invulnerabilidad. El primero evita centrarse en cuestiones y ataques personales pero puede contar con muchas de las cualidades exteriores del conflicto interpersonal (pasión, emoción, frustración). Tanto es así que el observador externo (periodista, aficionado, directivo, familiar…) puede confundirlo con discordia improductiva, mal rollo, o problemas de vestuario: la desinformación empuja a la ignorancia a ser muy atrevida. Y también debemos de diferenciar los conflictos productivos de los generados por jugadores conflictivos: aquellos que por su nivel de frustración y características emocionales de falta de autocontrol están constantemente generando momentos destructivos.

Todos tenemos en mente situaciones de conflicto dentro de una cancha de juego o de un vestuario, en un día de partido o en sesiones de entrenamiento, de entrenador a jugador o viceversa, y de jugador a jugador. Si el nivel de confianza es alto, ese conflicto se asume como constructivo y necesario para crecer como equipo. Es preferible que los jugadores, que creen que algo podría mejorarse o a los que algo les parece mal, se expresen entre ellos directamente y mirándose a los ojos, dentro de unos límites de respeto. Este camino y esta forma de actuar indican que no tienen temor a ser vulnerables, que tienen confianza en el otro. Sin duda, esta actitud es preferible frente a otras como criticar a compañeros en pequeños grupos, desahogar frustraciones fuera del círculo de confianza que debería ser el vestuario (agente, directivos, amigos, periodistas, aficionados…), callarse y acumular pensamientos negativos y malestar para evitar conflictos o por cobardía y, en general, mantener una armonía ficticia.

Al hablar de conflictos, éstos pueden ser de cualquier índole, desde temas de relaciones interpersonales dentro del equipo, con la prensa, con la directiva, con la aplicación de los costes de romper una norma, a asuntos relacionados con aspectos del juego.

Veamos algunos ejemplos:

Pensamiento: “Mi entrenador me corrige de ese forma por que quiere lo mejor para mí y para el equipo, me quiere ayudar a mejorar, quiere que esté atento y quiere que mi nivel de exigencia sea superior, ya me lo ha demostrado”.

Pensamiento: “Mi compañero me recrimina que no he llegado a tiempo a una ayuda o que no he bloqueado el rebote, o que no le he visto sólo en una buena posición de tiro. No es agradable que te recriminen algo, pero confío en él y en nuestro sentimiento de equipo y sé que él no duda de mí. Puede que yo me haya equivocado o que él no esté acertado en lo que dice, pero los dos queremos lo mismo. Acción: “Puede que tengas razón. No volverá a pasar, intentaré subir mi nivel, ¡adelante, sigamos!.

De la misma forma, también resulta irónico que muchos jugadores y entrenadores evitemos el conflicto en favor de la armonía, porque el conflicto saludable, en realidad, ahorra tiempo. Los que evitan el conflicto se condenan a volver sobre los mismos problemas sin llegar nunca a resolverlos: solemos pedir a los jugadores que se hagan cargo de sus problemas fuera del equipo. Si tenemos un buen “ring” o espacio delimitado por las nuestras normas de equipo que han sido aceptadas y deben de ser respetadas, no debemos  temer que dentro de ese espacio surjan conflictos.

Como entrenadores, interrumpir prematuramente algún desacuerdo impide que se desarrollen capacidades adecuadas para tratar por sí mismos los conflictos; proteger excesivamente tensa mucho más las relaciones y, en ocasiones, deja a los jugadores a la espera de soluciones que nunca llegan.

Es clave demostrar tranquilidad cuando los jugadores se sumergen en un conflicto y permitir que la solución ocurra de forma natural; podemos llegar a pensar que no estamos haciendo nuestro trabajo si perdemos el control del equipo durante una situación conflictiva, pero si lo evitamos cuando es necesario y productivo estaremos aumentando ese temor al conflicto.

 Nosotros controlaremos el discurrir de cada conflicto (nunca debe de sobrepasar la barrera del respeto) y determinaremos cuándo los que están en pleno conflicto se están incomodando con el nivel de discordia, para interrumpirlo, recordando que es necesario para recuperar la confianza y poder continuar.

Los equipos que tienen miedo y evitan los conflictos productivos tienen momentos de grupo aburridos; se crea un ambiente en el que abunda la lucha de poder y los ataques personales a través de motes descalificativos, bromas pesadas, demasiado humor irónico…Se gasta mucha energía en fingir, en manejar el riesgo interpersonal, en disimular la incomodidad. En estos grupos se ignoran temas polémicos que son decisivos para el éxito del equipo y se desatienden las opiniones y perspectivas de los miembros menos “poderosos” del grupo; los egos afloran y sus exigencias serán una barrera difícil de superar para el espíritu colectivo.

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Construir un EQUIPO (I): La Confianza

                  La confianza es el fundamento del trabajo en un equipo cohesionado y que funciona. Sin ella, el trabajo en equipo como tal es muy difícil; se trata de un componente crucial, quizás el más decisivo y sobre el que se construye todo lo demás. Sin confianza los jugadores desperdician una cantidad enorme de energía y tiempo controlando su conducta y sus interacciones dentro del grupo.

 A la hora de hablar de la construcción de un equipo nos encontramos en ocasiones con algunas barreras y dificultades. A la hora de hablar de la construcción de un equipo, en muchas ocasiones, nos encontramos con algunas barreras y dificultades.

 Todo lo que rodea a un jugador y todos los intereses que van asociados a nuestra práctica y contexto deportivo, enfatizan y valoran sobre todo los éxitos individuales (prensa, agentes, padres, sociedad…) y en pocas ocasiones se interesan o preocupan por el estado del equipo, por el proceso de construcción de un grupo exitoso. Esa presión del entorno hacia el jugador o miembros del cuerpo técnico, les lleva en ocasiones a proteger su estatus y poner excusas en el camino para no dar este paso de gigante de volverse “vulnerable” a los demás.

En este contexto, la confianza se refiere a la seguridad que tienen los jugadores de que las intenciones de sus compañeros son buenas y de que no hay razones para ser protector o cauto en el seno del grupo. Los compañeros de un equipo deben sentirse cómodos siendo vulnerables unos con otros. Deben de tener la seguridad de que sus respectivas flaquezas (debilidades, deficiencias de capacidad en algunos ámbitos , errores, peticiones de ayuda…) no serán utilizadas contra ellos.

El trabajo en equipo empieza por la construcción de la confianza, y el único modo de conseguirlo es superar la necesidad de invulnerabilidad producida por la ausencia de confianza.

 Debemos mostrarnos vulnerables, exhibiendo abiertamente nuestras fortalezas  y nuestras debilidades respecto a cómo contribuimos al éxito o al fracaso del equipo. No debemos tener temor a ser vulnerables ni tampoco a la necesidad de confianza.  Aquellos que no estén dispuestos a abrirse ante los otros para aceptar errores y debilidades imposibilitan la construcción de cimientos de confianza en el equipo.

 Alcanzar una confianza fundada en la vulnerabilidad no es fácil, porque aprendemos a ser competitivos con nuestros compañeros y a proteger nuestra reputación; controlar estos instintos aprendidos por el bien del equipo supondrá un desafío para cualquier equipo. El coste de fracasar en este sentido es muy elevado. Los equipos con jugadores que no tienen verdadera confianza los unos en los otros son reticentes a la hora de asumir riesgos, a la hora de pedir u ofrecer ayuda; su moral suele ser muy baja y las renuncias o cambios de jugadores son comunes.

 Este valor de equipo no se construye de la noche a la mañana: requiere compartir experiencias, un seguimiento constante, credibilidad y una comprensión y aceptación profundas de los atributos únicos de cada miembro del equipo. Si no confiamos en el compañero de viaje, no podremos llegar a ser la clase de equipo que finalmente consigue sus objetivos y obtiene buenos resultados.

 Como entrenadores y líderes tenemos el desafío de guiar a nuestro equipo para conseguir este nivel de confianza y de ausencia de invulnerabilidad, y para eso debemos demostrar primero nuestra propia vulnerabilidad, rectificando, reconociendo errores, mostrando humanidad, ayudando a aquel que lo necesite, mostrando preocupación por las personas que sostienen a cada uno de los miembros del equipo. Esto supone, en ocasiones, el riesgo de perder la cara ante el equipo. Debemos crear un ambiente donde no se castigue la vulnerabilidad por admitir debilidades, errores o fracasos. Esa demostración de debilidad debe ser genuina por parte del líder -esto no se puede fingir- pues uno de los mejores modos de perder la confianza de un equipo es fingir ser vulnerable para manipular las emociones de los otros.

 En equipos sin confianza surgen problemas de moral, esfuerzo e ineficacia, que suponen una barrera más a la hora de crecer como equipo; el temor al conflicto fomenta una sensación de armonía artificial. Todo equipo eficaz mantiene un nivel alto de debate y conflicto; en equipos donde reina la confianza se discute desde el respeto, no hay temor al conflicto, existe una fé ciega en que las intenciones del otro son positivas hacia el colectivo. Por el contrario,  no estar de acuerdo en la mayoría de las cosas y sin embargo no estar dispuesto a aceptar que se está preocupado es un problema de confianza, entre otras cosas.

 Cuando los jugadores no tienen confianza los unos en los otros se ocultan mutuamente debilidades y errores, vacilan antes de pedir ayuda o compartir impresiones constructivas,  prejuzgan y llegan a conclusiones acerca de intenciones o aptitudes ajenas sin tratar de aclararlas; no reconocen ni examinan conjuntamente las capacidades y experiencias, pierden tiempo y energía controlando su conducta para causar un determinado efecto, ocultan resentimientos y buscan excusas para no pasar tiempo juntos.

 “Estoy presionando en defensa a mi atacante, me desborda y anota con facilidad, algo ha pasado con la primera ayuda, ¿quién ha sido el culpable? …bah siempre despistados (prejuicio); voy a callarme para no tener un conflicto ni crear mal rollo (se ocultan resentimientos) pero en la próxima ocasión no presiono, defiendo su penetración (se ocultan debilidades o errores, no se exponen).

 Cuando un equipo es solidario en defensa y se compromete a dar el máximo esfuerzo colectivo e individual, todos los jugadores están convencidos de lo que hacen y para qué lo hacen y no se sienten obligados ni amenazados; no hay dudas, solo convicción y responsabilidad individual. Un equipo que pretenda mantener un nivel de concentración alto en el juego, sin espacio para la duda, evita el prejuicio hacia acciones de sus compañeros o hacia resentimientos guardados. Esta clase de equipos tiene confianza y ha perdido el temor a la vulnerabilidad, dentro y fuera de la cancha, pero sobre todo en la pista:

Como jugador, sentirme vulnerable a cometer un error en la defensa de un bloqueo directo no me genera resentimiento ni temor porque confío en la respuesta del equipo, de mis compañeros, que conocen la norma, están convencidos y lo hemos entrenado juntos; ellos estarán ahí para corregir esa posible dificultad o ese error que pueda llegar a cometer y mi nivel de esfuerzo, compromiso y fé en lo que hacemos seguirá creciendo. No me desconectaré. El poder del equipo y la confianza en el trabajo de cada uno de nosotros aumentará mi responsabilidad.

 Con estos ingredientes, el extrapass en ataque aparecerá con más asiduidad. El equipo tendrá una base sólida en la que crecer a todos los niveles; podrán aflorar conflictos y no habrá temor, pues seguirá en el camino de buscar soluciones para mejorar como grupo.

 Depende ahora de nosotros encauzar esta confianza a través  de nuestro liderazgo y de nuestra labor como entrenadores, a la hora de programar tareas significativas, tener una buena planificación y acertar con nuestras decisiones.

Responsabilidad individual, confianza y metas comunes

En el baloncesto, al igual que ocurre en cualquier grupo de trabajo, los premios y reconocimientos individuales llevan implícita una carga de desconsideración hacia los valores de equipo y trabajo colectivo que, como entrenadores, debemos de saber o intentar gestionar.

Sin tus compañeros de viaje, de batallas, sólo serías alguien que lo intenta; ellos engrandecen tu esfuerzo y tú el de ellos. Obviar esto, o no llegar nunca a sentirlo, es quedarse en el primer peldaño de una gran escalera. Todos somos importantes y protagonistas. Subir todos juntos esa escalera es el único camino para la búsqueda de los máximos como grupo.

Si realmente deseamos alcanzar una meta, si hay una verdadera misión común, encontraremos la forma; si dudamos encontraremos la excusa.

En equipos fuertes, nadie se refugia en el colectivo; todos son importantes y protagonistas, con una enorme máxima: “RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL”. Sin esta responsabilidad individual verdadera, los grupos ante dificultades flaquean, dudan, pierden energía y los individuos se protegen del fracaso. Cuando eso sucede, el grupo se deshace, fracasa. Ninguno debe refugiarse en el grupo a la hora de asumir responsabilidades, pues de esta forma no está al nivel que necesita el equipo o que el equipo espera de él.

Para conseguir esa necesaria “responsabilidad individual”, es preciso que cada miembro esté comprometido con las metas comunes, sepa realmente cuales son sus funciones y sus objetivos para alcanzar dichas metas y, además, conozca las expectativas que el equipo crea para cada uno de los miembros que lo forman, es aquí donde nosotros como líderes del colectivo debemos de realizar  una de las tareas más importantes, enfocar a cada uno en su camino. De esta manera, asumiendo esa responsabilidad individual con mi cometido y actuando en consecuencia, estoy empujando y contagiando al resto en esa línea de actuación, y puedo presionar y exigir un mismo nivel de trabajo y compromiso. Es en este momento cuando la CONFIANZA es clave, en el sentido de llegar al punto de reconocer que cuando un miembro del grupo te presiona y exige, lo está haciendo porque se preocupa por el equipo. Alcanzar este nivel de madurez grupal no es sencillo.

La confianza es uno de los fundamentos del trabajo en grupo. Es quizás un componente crucial -sino el más decisivo- en la construcción de un equipo.

En ocasiones, como entrenadores y líderes del grupo, tenemos dificultades a la hora de responsabilizar a algunos jugadores o miembros del cuerpo técnico de determinados hechos y funciones, o bien porque son personas muy colaboradoras o bien porque podemos llegar a sentirnos intimidados por su agresividad social o por la importancia de su rol dentro del grupo. No es sencillo exigir responsabilidades; el primer paso para lograrlo es que nosotros como líderes y entrenadores seamos muy responsables con nuestra parte del trabajo y asumamos con humildad y naturalidad nuestros éxitos, y también con humildad y autocrítica nuestros errores o pequeños fracasos.

El PODER DEL GRUPO no se cuantifica, es ILIMITADO.

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