Comunicar

ENTRENAR Y COMUNICAR

Los entrenadores debemos enfrentarnos a multitud de situaciones que demandan unas habilidades comunicativas eficaces y una buena capacidad de transmitir y liderar, y que nada tienen que ver con nuestro conocimiento del juego, nuestro bagaje táctico, nuestra “excelsa” batería de ejercicios y tareas o nuestra correcta metodología.

 Nos referimos a momentos que a todos nos resultarán comunes como: corregir acciones de nuestros jugadores en cada entrenamiento enfrentándonos a prejuicios, sensaciones y emociones; a transmitir de forma correcta y clara una información determinante en un tiempo muerto en un final apretado; a aplicar las normas internas para atajar conductas inapropiadas de algún jugador; afrontar la evaluación postpartido tras una derrota dura o tras una victoria en un partido importante, o incluso, simplemente, hablar de la vida.

 Además, en nuestra labor de líderes tenemos la responsabilidad y la oportunidad de aprovechar al máximo posible los recursos de todos los miembros que trabajarán a nuestro lado, tanto de los jugadores como del resto de integrantes del cuerpo técnico, así como de otras personas que se encuentren o influyan, en el día a día, en nuestra tarea de dirección y gestión de recursos humanos.

En este sentido, precisamos poseer ciertas habilidades comunicativas y aplicarlas correctamente. Entre ellas se incluyen la postura, la expresión facial y corporal, los gestos, el tono de voz, el mensaje, o cómo es el espacio comunicativo que utilizamos para cada momento en el que interaccionamos con el equipo, tanto formal como informalmente.

 Un déficit o una carencia en habilidades comunicativas puede repercutir negativamente en las posibilidades de nuestro liderazgo, aunque nuestra autoridad referencial (conocimiento, experiencia, éxitos y dominio del juego) sea elevada.

 Las habilidades más nombradas en la bibliografía sobre liderazgo hacen referencia a la comunicación (lo que transmitimos en cada momento), la competencia técnica y formación, la experiencia, la psicología individual y el manejo de grupos humanos de trabajo. Y en relación a los factores que pueden llegar a influir en el liderazgo en el deporte destacan:

 –       Autoridad referencial: experiencia, conocimiento, carisma, éxitos…

–       Habilidades comunicativas y pedagógicas: correcto manejo del feedback, asertividad, inteligencia emocional, control del contexto…

–       Compromiso por la tarea y también por las personas: búsqueda de los niveles más altos en el desarrollo individual y colectivo (contribuir, motivar y conseguir un grado elevado de satisfacción en el resto de miembros del grupo).

–       Adaptabilidad al contexto/situación: tipo de jugadores, resultados negativos o positivos, padres, prensa, toma de decisiones, relación con directivos, árbitros…

 Nuestra forma de entrenar puede estar condicionada por multitud de factores como por ejemplo, nuestros rasgos de personalidad, nuestras experiencias previas, nuestra formación y conocimiento del juego, o la influencia que han ejercido aquellos entrenadores o personas con las que hemos trabajado en nuestra trayectoria.

 Todo ello definirá un estilo de liderazgo definido sobre todo por tres aspectos fundamentales: nuestra implicación en el desarrollo de los entrenamientos y partidos, nuestra participación en la gestión de las relaciones personales con el resto de miembros del equipo y nuestra forma de tomar las decisiones.

 Parece que todos estos factores tienden definir dos formas diferentes de relacionarnos y comunicarnos con el equipo, que serían los extremos de un continuo, de una escala de grises, donde nos encontramos y nos situamos cada uno de nosotros en nuestro día a día: la IMPOSICIÓN y la TRANSACCIÓN.

 Por un lado, estaríamos los entrenadores que imponemos, afirmamos y exigimos (si es preciso lo hacemos a la fuerza usando el castigo), sancionando los errores o los malos resultados. Y por otro lado tendríamos a los entrenadores que basamos nuestro estilo en la transacción, en la escucha activa, controlando las tareas y estando muy implicados en las relaciones personales y en el trato con el jugador, buscando un punto medio de entendimiento. Este tipo de entrenador trata de convencer en lugar de imponer, y tiene la capacidad de delegar entre los miembros de su cuerpo técnico.

 No se trata de tener autoridad o no, ya que ambos la tienen, pues la autoridad está relacionada con la capacidad de decidir. Pero un entrenador que “impone” por la fuerza está malgastando su autoridad. Solemos en estos casos, comunicar manteniendo una distancia física jerárquica con los jugadores con una expresión corporal agresiva con gestos y posturas déspotas, intolerantes y dominantes. Con esta manera de actuar “poco amistosa” tenemos una peor producción comunicativa e interaccionamos menos  con los jugadores, al reducir el dialogo y aumentar las órdenes.

 Cada estilo tiene sus ventajas y sus desventajas y, como hemos explicado antes, todos nos situamos ese continuo que determinan estos perfiles tan extremos.

 Lo que parece claro es que un entrenador que esta más decantado hacia la transacción acostumbra a ser un entrenador seguro de sí mismo, que acepta el reto del diálogo, porque se ve con argumentos suficientes y no le hace falta protegerse “malgastando” su autoridad.

El entrenador que se siente inseguro, amenazado en su función, ya sea, por los resultados, por la prensa, por el feeling con el equipo o por la relación con otros miembros del grupo o de la propia directiva, activa los mecanismos para proteger su autoridad, y normalmente lo hace a través de imponer, castigar y de mantener una cierta distancia con los jugadores. De esta forma puede llegar a desconectarse del grupo y perder liderazgo.

En cambio, cuando un entrenador se siente seguro, no ve su autoridad amenazada por el grupo y no precisa malgastar autoridad para protegerse ni para hacer constatar su rol.

 No existe ningún estudio que afirme que un estilo es más eficaz que otro a la hora de ganar títulos, tener éxito o alcanzar buenos resultados. Es cierto que existen entrenadores duros, inflexibles, poco comunicativos y autoritarios que se sienten cómodos en este estilo, y no por falta de seguridad en sí mismos ni por miedo a ser cuestionados.

 Sería idóneo tener la capacidad de adaptarnos a cada situación con un liderazgo situacional que nos permitiese gestionar cada una de estos momentos de la forma más óptima posible. Quizás debamos prepararnos y prevenir nuestra reacción comunicativa ante cada uno de estos posibles momentos, que pueden anticiparse o aparecer de forma repentina.

En ocasiones nos dejamos llevar por la intuición y por nuestra experiencia en situaciones que nos resultan familiares. Ambas, la intuición y la experiencia, están condicionadas por nuestra balanza de éxito-fracaso en el pasado.

 Como entrenadores somos los que transmitimos. En ocasiones nuestras emociones nos pueden jugar una mala pasada y pueden llevarnos a una incorrecta reacción comunicativa, con un mensaje indeciso, incoherente o impreciso,  acompañado de una expresión facial o corporal que no desearíamos para esos momentos concretos. Es en estas situaciones cuando el control y la inteligencia emocionales pasan a jugar un papel importante a la hora de interaccionar con el equipo.

Algo que debemos de tener claro es que aunque no hablemos, SIEMPRE ESTAMOS COMUNICANDO: comunicar no es sólo hablar, es un proceso no automático en el que intervienen dos o más personas.

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