Archivos Mensuales: marzo 2013

Papá, ¿me van a pagar por jugar?…

DING DONG !!! (Martín, un niño de 15 años, escucha el timbre y se dispone a abrir la puerta)

–       Deja papá que abro yo… Papá, es el cartero con un paquete enorme, que dice que es para mi…

–       A ver… déjame atenderlo a mi.

–       ¿Qué es papá?, ¿puedo abrirlo?

–       Claro!!!

–       Uaaauuuuh (el niño abre la caja y se encuentra la equipación de juego, el chándal y unas zapatillas preciosas de uno de los equipos más importantes del país), ¿qué alegría papá?, ¿por qué me regalan todo esto?

–       El otro día después del partido que jugaste con la selección en el campeonato de autoniomías, vino un señor a hablar conmigo, me dijo que le gustaba mucho como jugabas y que le gustaría que en un futuro pudieses jugar en su club.

–       ¿En serio? ¿de este equipo?

–       Si, y de otros… He hablado también con otras personas que les ha encantado como juegas, y nos ofrecen contratos para los próximos años, y para que puedas ir a formarte al club de su ciudad o para que nos ayuden y asesoren con tu futuro como jugador.

–       Pero papá, ¿¿¿ me van a pagar por JUGAR ???, ¿me tengo que cambiar de colegio?,¿ no voy a estar con vosotros?, ¿no voy a poder ver más a mis amigos?, ¿y… ?

–       …

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 A medida que pasan los años nos vamos encontrando con jugadores cada vez más jóvenes, y en etapa de formación deportiva y de maduración personal, que reciben una remuneración económica por hacer los que más les gustaba a este momento, que era JUGAR AL BALONCESTO.

No sabemos cuando fue la primera vez, ni las circunstancias que se dieron, para iniciar la costumbre de hacerle un contrato a un jugador de esa edad con un club, una agencia o con una marca de ropa deportiva. Pero si sabemos y conocemos que por cada jugador que logra llegar a la élite en estas circunstancias hay muchos que salen por la ventana. Multitud de casos de jugadores que se pierden por el camino, que dejan de tener esa mentalidad necesaria por mejorar cada día, por asumir un coste elevado de tiempo y esfuerzo, de renuncias a amistades y hobbies por perseguir el sueño de ser jugador y de disfrutar con un deporte que aman.

Cuidado! Debemos reflexionar sobre el sistema y el contexto que entre todos estamos creando, el ecosistema donde esos jóvenes van a seguir formándose como jugadores  pero sobre todo como personas.  Parece irónico que la búsqueda de beneficios económicos urgentes y la lucha entre clubs por  conseguir al mejor “proyecto” de jugador infantil o cadete pueda estar echando por tierra la formación de muchos jóvenes jugadores a medio-largo plazo.

Queremos jugadores que disfruten del juego, que sean creativos a la hora de tomar decisiones, que les guste la ética del esfuerzo y que asuman una serie de costes inmediatos y duraderos , con una demora larga y con mucha incertidumbre por la consecución de una meta o de unos objetivos de rendimiento o de resultado en muchos casos. Y eso, dentro de un contexto donde al joven,  inmaduro, con un bajo autonocimiento personal, y además en muchos casos, con baja capacidad para digerir todos esos cambios y expectativas generadas de repente en torno a él , le sometemos a cambios bruscos en su forma de vida y le estamos presionando directa e indirectamente para que siempre esté a la altura ( a través de una remuneración económica, de unos comentarios entorno a su futuro en la mayoría de los casos desproporcionados, …).

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Para que un jugador esté motivado, como vemos, influyen muchos factores, no llega sólo con estar activándole constantemente, ni con pagarle un dinero mensualmente. El proceso motivacional es dinámico, donde el aprendizaje tiene un papel crucial.

Aprendemos constantemente, ya sea a través de un aprendizaje observacional o por condicionamiento. Un aprendizaje que determina nuestra motivación interna o externa hacia  cualquier actividad.

Muchos jugadores ya están muy estimulados, pero necesitan un programa sistemático para dirigir su motivación. Un jugador cuanto menos motivado está hacia la tarea, más vulnerable es para depender de recompensas externas (dinero, reconocimiento social, …). A largo plazo, la motivación más importante y potente es la motivación interna o intrínseca hacia la actividad a la que nos dedicamos, y ésta es la que siempre debería estimularse.

En el mundo del deporte y en concreto del baloncesto se utilizan recompensas extrínsecas. Todos conocemos casos donde se manejan este tipo de acciones (elevados sueldos a chicos de 15 años, contratos con marcas de ropa deportiva, regalos, primas económicas excesivas por ganar campeonatos, o tan sólo por participar…). La clave es tener la madurez necesaria para poder convivir con ellas y entender que sólo son una consecuencia de mi trabajo y pasión por el baloncesto, de mis horas de dedicación y de mi capacidad por disfrutar de lo que hago, repito, una consecuencia, no la causa ni el motor, ni ejercen control sobre mi.

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Aquellos jugadores que están motivados intrínsecamente, como el caso de Martín de 15 años,  se esfuerzan cada día internamente por ser competentes y tener una mayor capacidad de decisión propia a la hora de dominar las diferentes acciones que engloba el baloncesto (mejorar mi dribling, pasar mejor, sentirme cada vez más capaz y eficaz,…), a estos deportistas les encanta competir, al igual que la acción y la excitación, suelen ser muy orgullosos y desean mejorar y aprender nuevas destrezas para sentirse cada día más competentes, asumiendo, en muchos casos, elevados costes para ellos y para su familia (amigos, hobbies, estudios, vacaciones…). Están altamente motivados por mejorar su autoeficacia y su competencia en el juego. Se divierten mejorando, al igual que Martín.

Si Martín no tiene la madurez, ni el desarrollo personal, ni el entorno adecuado, puede tener muchísimas dificultades para digerir todo lo que la va a pasar a partir de ahora.  Se va a enfrentar siendo muy joven aun contexto profesional, del que todos participamos, creamos y somos “culpables”, desde los entrenadores, a las federaciones, los agentes, los clubs y los padres. Nosotros estamos aceptando y creando este sistema, en el que algunos llegarán y otros con mucho talento, capacidad de sacrificio y pasión por este deporte saldrán por la ventana.

A pesar de todo, parece que la combinación de estímulos intrínsecos y extrínsecos tendría que producir más motivación, pero ocurre lo contrario, las recompensas extrínsecas disminuyen poco a poco nuestra motivación intrínseca. Muy a menudo cuanto mayor es la motivación extrínseca menor es la intrínseca.

Pero, ¿por qué  sucede esto?. Las recompensas extrínsecas influyen de dos maneras: informan y controlan. Es decir, cuando un jugador recibe una recompensa por un logro, ésta le proporciona una información positiva sobre su competencia, con lo que afecta o debería de afectar a su motivación intrínseca. Para ello, estos refuerzos externos han de ser contingentes con niveles específicos de conducta o ejecución. En cualquier caso, tiene un peligro, que es la información negativa, esforzarse por lograr una recompensa pero no conseguirla, reducirá los sentimientos de competencia y eficacia y hará descender la motivación intrínseca.

Y por otro lado, las recompensas controlan la acción. Cuando los jugadores se sienten controlados por un premio, por una beca deportiva, por un salario, por su repercusión mediática, etc…, la razón de su conducta reside fuera de sí mismas. El premio acaba controlando a los jugadores en la medida en que se convirtió en la razón principal de la actividad, sustituyendo la pasión y la dedicación por sentirse más competente.

Por lo tanto, cualquier recompensa externa, tienen potencialmente una carga de información y otra de control. El modo en que afectarán a la motivación intrínseca de Martín, dependerá de cómo Martín la perciba, en su sentido de control o en el de información.

Si el premio o las recompensas, disfrazadas de multitud de formas (estatus, orgullo de padres y familia, salario, beca, ropa deportiva, contratos con ropas deportivas y agencias de representación…) tienen un mensaje subliminal de control sobre la conducta de Martín o éste la percibe así, su motivación intrínseca descenderá y poco a poco perderá valor para él, al percibir que está fuera de su control. Si a esto se le añade alguna situación de fracaso de elevadas consecuencias o de pequeños fracasos continuados, podemos empujar a Martín a un abandono de una actividad que hace unos meses o años le apasionaba y por la que estaba dispuesto a esforzarse al máximo por mejorar su capacidad y aprendizaje para ser más eficaz y competente.

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Todos los que participamos de este contexto deportivo tenemos la capacidad de intentar mejorarlo, para que los jóvenes jugadores sigan manteniendo una alta motivación hacia el baloncesto.

Aquí os dejo una breve historia que puede ayudarnos a entender mejor este proceso:

Un hombre mayor, ya retirado y jubilado, después de muchos años de trabajo, vivía en una casa situada en la plaza mayor de un pueblo muy tranquilo cerca de las montañas. Allí quería vivir en paz y tranquilidad los últimos años de su vida.

Un día soleado, que el hombre estaba tranquilamente leyendo su periódico en el porche de su casa, un grupo de cuatro niños apareció con un balón y una canasta y se pusieron a jugar en la plaza durante horas, con el consiguiente ruído ocasionado por los gritos, los botes del balón y los lanzamientos a canasta. El hombre estaba enfurecido, de repente, su paz y tranquilidad pendían de un hilo, aquellos niños obstinados por un deporte y por divertirse estaban molestándole de verdad.

El hombre decidió hablar con ellos, les dijo que era una persona mayor y que estaba sólo, y que le encantaba que vinieran a jugar a la plaza, que le daban compañía y que la llenaban de vitalidad y alegría. Como muestra de su agradecimiento les iba a dar 2 euros a cada uno para que se comprasen caramelos y los repartiesen. Los niños se mostraron encantados.

Al día siguiente, en lugar de cuatro niños aparecieron diez, con el consiguiente aumento de ruído y de molestia para el hombre mayor, el cual después de cuatro horas, decidió volver a reforzarles y a darles 2 euros para caramelos. Los niños estaban encantados, cada vez iban con más ilusión a la plaza, pensaban que era demasiado bonito para ser cierto, además de jugar al baloncesto les daban dinero para caramelos por hacerlo, era ideal.  Hasta que después de un par de días, el hombre bajó de su porche y, pidiendo excusas, les dijo que no tenía dinero suficiente para todos, y que como mucho les iba a dar 50 céntimos a cada uno. Los chicos pensaron que este dinero todavía era suficiente, pero poco a poco el hombre fue reduciendo la aportación que les daba, argumentando que no podía mantener ese gasto diario, hasta que dejó de darles dinero, y poco a poco el número de niños que venían a la plaza a jugar era menor, hasta que un día dejaron de venir.

El hombre pudo al fin disfrutar de la tranquilidad de la plaza, y los niños dejaron de disfrutar del baloncesto…

Al principio, los chicos jugaban al baloncesto en la plaza porque estaban motivados intrínsecamente, sólo por el placer de divertirse y sentirse competentes con una actividad. Pero esa pasión y motivación se transformó en extrínseca cuando el hombre les dio dinero para caramelos. Esto acabó controlándolos, y terminó siendo la razón principal de la actividad.

Construir un Equipo (V): “Exigencias del Ego y Estatus de Equipo”.

El aspecto final que vamos a compartir a la hora de construir un equipo, y que quizás sea fundamental, es la tendencia de los jugadores y del resto de miembros de un equipo a perseguir el reconocimiento personal y la atención individual dejando en un segundo plano los resultados del equipo y a las metas colectivas.

Nosotros como líderes debemos de intentar crear un espacio para el ego del equipo, y el éxito sería lograr que ese ego colectivo fuese mayor que los individuales.

Si todos los miembros del equipo estamos convencidos y comprometidos con nuestra meta como equipo, y además cada uno es consciente de lo que debe hacer y lo que el equipo demanda de nosotros para lograr esas metas y nos sentimos valorados con ello, entonces es difícil que las exigencias de nuestro ego individual se disparen. Así es muy complicado que los jugadores transformen su manera de entender el trabajo en equipo, por cada uno que cambia hay diez que nunca lo hacen.

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Pero eso no es sencillo, nuestra capacidad de liderazgo y las características individuales de cada miembro interaccionan cada día, en cada sesión, y es nuestra responsabilidad, si de verdad valoramos el “espíritu colectivo”, minimizar los posibles distorsionadores que nos encontremos en el camino.

Las cuatro fases anteriores (la confianza, afrontar los conflictos sin temor, la necesidad de compromiso y asumir responsabilidades) nos deben ayudar en la consecución de este ego colectivo, fuerte y seguro que todos anhelamos para crecer como equipo y estar más cerca de ganar en cada partido.

Debemos ser tajantes y exigentes a la hora de crear este “espíritu de equipo”, cuando se trata del éxito colectivo no debemos de dar lugar para interpretaciones, ya que son el cultivo que abre la puerta a que se infiltre el ego individual.

La claridad de las metas y resultados colectivos por los que nos comprometemos, por los que vamos a trabajar juntos y van a marcar nuestro camino, deben estar claros para todos. Si un solo jugador considerara que hacer algo por su cuenta será bueno para potenciar su estatus individual o su ego, estaría disminuyendo el potencial del equipo para lograr metas colectivas, todos perderíamos la guerra aunque ganásemos una batalla…

Para ello, necesitamos que esas metas estén bien definidas desde el principio, y de un modo sencillo para que todos las comprendan con facilidad, y además de forma operativa y específica para que se puedan convertir en acciones.

Estas metas y objetivos colectivos  nos guiarán a la hora de tomar decisiones diariamente sobre el crecimiento del equipo. Y definirán objetivos colectivos más específicos en relación a contenidos propios del juego: defensa del hombre balón, defensa del lado de ayuda, defensa de los bloqueos directos, indirectos, defensa del poste bajo, transición defensiva, sets rápidos, juego sin balón, contraataque…; o a contenidos propios de la preparación física, recuperación de lesiones, actitudes,…

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Cuando damos lugar a interpretaciones individuales en relación a las metas colectivas, por ser difusas, inalcanzables, poco realistas y mal definidas, surge el juego político dentro del grupo o la lucha de poder, y cada uno escoge sus palabras y sus actos en función de cómo desea que reaccionen el resto de compañeros del equipo y no de forma sincera y pensando en el bien colectivo.

La incapacidad de hacerse mutuamente responsables crea un clima en el que prospera la escasa atención a los resultados colectivos, y los jugadores sitúan sus necesidades individuales por encima de las metas colectivas del equipo.

En relación a los problemas de estatus, existen jugadores a los que ser o sentirse parte del grupo les completa para sentirse satisfechos y el logro de resultados específicos individuales les puede resultar deseable pero no digno de grandes esfuerzos y sacrificios. Nos referimos a jugadores con un elevado motivo de afiliación por encima del de logro individual, y que valoran el estatus de equipo por encima del individual.

Por el contrario, existen jugadores con una marcada tendencia a centrarse en potenciar su propia posición o carrera a expensas de su equipo (alta motivación de logro y egocentrismo) que si está bien canalizado hasta puede llegar a ser positivo para el grupo, pero en caso de no ser controlado correctamente puede hacer sucumbir al grupo ante la tentación del estatus individual.

Evidentemente, todos tenemos la tendencia innata a la autoconservación, pero un grupo funcional debe hacer de los resultados y metas colectivas del equipo algo más importante para cada individuo que las necesidades y demandas individuales de cada uno.

Debemos evitar esta disfunción, debemos centrarnos en metas colectivas, en dar importancia a los colectivo exigiendo responsabilidades individuales a las funciones de cada uno para conseguir nuestro reto grupal. Equipos que no viven y respiran para lograr esto, solamente  existen o sobreviven una temporada más, el baloncesto pasa por ellos y no ellos por el baloncesto. Para estos colectivos, desgraciadamente, nada compensa esta falta de deseo de triunfar como equipo, ninguna cantidad de confianza, conflictos, compromiso o responsabilidades es capaz de paliar esta disfunción. La exigencia de egos y la falta de estatus colectivo nos llevará a la mediocridad y vulgaridad como equipo.

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 Algo básico para crear una buena base en este aspecto a la hora de construir el equipo:

–       Declarar públicamente y sin temor los objetivos del equipo: los equipos que se comprometen públicamente sin temor a resultados específicos tienen más probabilidades de trabajar con una alta motivación y compromiso hacia la consecución de esos resultados o metas. El típico “lo vamos a hacer lo mejor que podamos, o vamos a darlo todo” es una forma sutil de prepararse, voluntariamente o inconscientemente para el fracaso.

–      Dar recompensas basándonos en resultados colectivos: Recompensas extrínsecas e intrínsecas, no debemos basarnos únicamente en el control externo de la recompensa.

–       Valorar lo colectivo: Si los jugadores advierten que su líder valora públicamente con frecuencia aspectos diferentes a las metas de equipo, entenderán esto como una invitación o un permiso para hacer lo mismo. Debemos ser objetivos y desinteresados, e intentar reservar los refuerzos y el reconocimiento individual para aquellos miembros del equipo que hacen verdaderos aportes para lograr metas de equipo.

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