Equilibrio entre exigencia y diálogo

            Como entrenadores estamos expuestos a una constante evaluación social, por parte del entorno del equipo (directivos, medios de comunicación, familiares, otros entrenadores…) y del propio equipo. Como líderes del proyecto debemos de tener y mostrar una enorme seguridad en lo que hacemos, además de tener una gran preocupación por optimizar todos los recursos humanos y materiales que tenemos a nuestra disposición para conseguir el éxito.

Dentro de esos recursos humanos a los que nos referimos, se encuentra nuestro grupo de trabajo, el cuerpo técnico y jugadores con los que compartiremos buenos y malos momentos en nuestro camino. Sin embargo, por encima de sus capacidades, de sus debilidades y fortalezas, está la persona; detrás de cada uno de ellos hay una persona, y un reto al que llegar. Es fundamental tratar de convencerlos y acompañarlos,  aglutinarlos en objetivos comunes, haciendo sentir a cada uno de ellos importante y satisfecho con su trabajo y sus beneficios particulares y colectivos dentro del grupo. Si conseguimos que estén satisfechos y se sientan importantes, rendirán más y mejor, se implicarán y se comprometerán sin dudar. La persona es lo que sostiene al jugador, detrás de cada fachada y apariencia hay un ser humano y, sin ellos, sin los protagonistas del juego, no hay nada.

Por ello, tenemos la necesidad y casi el deber de conocer a las personas que forman nuestro equipo de trabajo, de ser conscientes de sus necesidades, de su capacidad de adaptación, de sus miedos, de estar pendiente de sus preocupaciones… Puede resultar clave profundizar en el conocimiento de las personas y tener claro, en función de las características del momento, qué se puede pedir, esperar y exigir a cada uno de ellos.

Ese conocimiento de las personas con las que trabajamos hombro con hombro y por las que nos esforzaremos en conseguir objetivos y metas comunes, nos va a facilitar el proceso a la hora de conseguir que se sientan importantes y satisfechos con su labor en el equipo, y ese grado de satisfacción y confianza nos va a permitir ser exigentes con ellos. Así, elevar el nivel de exigencia será más sencillo si todos vamos en la misma dirección. Exigir y dialogar no son incompatibles, al contrario. Ese equilibrio define unos estilos a la hora de entrenar, en el que seguro que muchos de nosotros nos vemos reflejados o somos capaces de identificar a entrenadores o profesores que hemos tenido a lo largo de nuestra etapa formativa.

Muchas veces sentimos temor y respeto a dar ese paso, el reto de conocer a las personas que dirigimos. En ocasiones, se debe a la necesidad de deshumanizar nuestra relación con el equipo, evitar implicaciones emocionales que nos confundan o puedan contaminar nuestras decisiones y la manera en que los jugadores las perciben. En este punto, nos estamos quedando un peldaño por debajo en nuestra función como líderes. Gestionar esa confianza que se genera en el día a día es clave para dirigir y exigir sin barreras, pretextos o excusas.

Entrenadores conciliadores: bajo nivel de exigencia y muy dialogantes.

Las cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Escuchamos y dialogamos con todos los jugadores, siempre con una palabra de aliento y ánimo para cada jugador en cada situación, pero nuestro nivel de exigencia es bajo, no cuidamos los detalles, no conseguimos que el equipo entrene con intensidad y, posiblemente, dejamos pasar muchas cosas por alto. Con estas características, nos desenvolveremos con dificultad en la adversidad del resultado; nos costará exigir al equipo cuando sea necesario. Y debemos ser conscientes de que existen jugadores que, por sus rasgos de personalidad, necesitan estar permanentemente “apretados”, exigidos en cada momento y que, en cuanto bajamos la guardia con ellos, su nivel desciende. Si nos encontramos con varios jugadores de este perfil en un mismo equipo y tratamos de ser “conciliadores”, seguramente no irá bien, sobre todo en momentos donde el reto sea mayor o la situación exija niveles altos de compromiso, atención, acierto, juego colectivo y respuesta positiva ante errores o malos momentos de juego.

Entrenadores ausentes: bajo nivel de exigencia y poco dialogantes.

En estos casos, salvo que tengamos un equipo inmejorable y autosuficiente, que es difícil, si no somos capaces o no queremos escuchar, si nuestro interés por dialogar es bajo, y nuestra capacidad para exigir unos niveles altos de prestación y rendimiento a cada uno de los miembros del grupo es limitada, sencillamente no estaremos preparados para dirigir a ese equipo. Las circunstancias nos empujarán a abandonar o a dejar paso a otro entrenador. Seguramente los resultados que consigamos, con niveles bajos de exigencia y diálogo, estarán por debajo del nivel o expectativas del equipo.

Entrenadores feudales: muy exigentes y poco dialogantes.

Los entrenadores que no dialogamos y que no escuchamos a nuestro grupo de trabajo, los que sólo somos capaces de seguir nuestras ideas y que además intentamos imponerlas sin atender a otras circunstancias, podemos llegar a tener éxito a corto plazo, pero a largo plazo nos encontraremos con lo que se llama “tierra quemada”. Los buenos jugadores intentan huir si pueden de este liderazgo que no permite desarrollar el espacio creativo del jugador y que no favorece el desarrollo personal. Imponer el qué y el cómo no ofrece oportunidades de crecer a los jugadores a medio-largo plazo. Serán buenos jugadores para nuestros intereses pero no desarrollarán con nosotros su verdadero potencial.

Entrenadores desarrolladores: muy exigentes y muy dialogantes.

Los buenos líderes escuchan lo que sus jugadores y colaboradores tienen que decir, están atentos a mensajes y al feedback que reciben por parte de ellos a cerca de cómo se desarrollan el proceso de entrenamiento y la dirección de equipo. En principio, escuchar y atender a lo que dicen y sienten nuestros jugadores no significa que no nos hagan caso, ni  que el grado de exigencia sea menor; al contrario, estaremos en el camino de ganarnos el respeto del equipo y, de esta forma, conseguiremos el derecho de exigirle el máximo. Llegará un momento en que cada uno estará dando lo máximo sin casi darse cuenta. Permitiremos de esta forma que los jugadores puedan expresarse y aportar soluciones, disfrutarán del proceso al sentirse importantes y partícipes del mismo, y la percepción de la recompensa personal serán elevados.

Este tipo de entrenadores no se siente intimidado ni incómodo con ayudantes brillantes con buenas capacidades y con talento; al contrario, suelen rodearse de colaboradores que les ayudan a ser mejor de lo que son.

Seguramente, a la hora de dirigir y liderar a un grupo humano, influyen en nosotros multitud de circunstancias que nos condicionan. Se trata sobre todo de aspectos relacionados con nuestros rasgos de personalidad y nuestra inteligencia social, además de nuestra intuición, formación y experiencias previas. Ser conscientes de las diferentes posibilidades de liderazgo y sus características, y de la forma en que pueden influir en nuestro grupo de trabajo, nos ayudará poco a poco a moldear nuestra actuación y a llegar a ser el tipo de entrenador que nos gustaría ser.

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Acerca de antonio luís perez cainzos

Entrenador profesional de baloncesto Doctorado en Psicología Deportiva en Universidad de Vigo Licenciado en CC Actividad Física y Deporte Máster en Psicología Deportiva por la UNED Curso de postgrado en Preparación Física de alto rendimiento

Publicado el 1 de octubre de 2012 en Comunicar, Entrenador, Liderazgo y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Muy interesante… y fiel reflejo de los distintos perfiles de entrenador.

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